Yo es otro


Yo es otro

Diatribas a domicilio

Mudanza

19 septiembre 2011
Ahora escribo por acá:

http://lasterriblespalabras.wordpress.com/

Ejercicio: Tripas de Gato.

29 enero 2011
El siguiente "cuento" salió como parte del trabajo en un taller de cuento impartido por Guillermo Samperio. El chiste era armar una historia usando las palabras de una lista (en negritas). Esto es lo que salió:

Chit Chat

Hoy en la oficina el trabajo estuvo pesadísimo, mucho más que ayer. Lo único que quiero ahorita es llegar a casa, poner un buen disco y tirarme a escucharlo en el sillón; olvidarme del jefe y su pinche voz sonando cada cinco minutos por el interfón. Tal vez pase por unos tacos con “los parados” antes de ir hacia la parada de la micro. Me cae que esa pequeña taquería instalada en la vía pública tiene los mejores tacos al pastor de la ciudad: un puesto de lámina con un pequeño trompo rojo quemándose al calor del carbón. Lo malo es que a estas horas ya se les habrá acabado todo. Sino ni modo, en la casa me hago una torta.

Lo sabía, ya no alcancé tacos. Pinche día. Ahora mejor me apuro para alcanzar una micro vacía. A parte, por allá en el horizonte, el azul del cielo se vuelve gris. Y con esta ventisca y el aire tan húmedo de seguro al rato va a caer un aguacero y el tráfico se va a poner pesado. Hay que caminar más rápido. Maldita pierna, me sigue doliendo de la caída de la semana pasada. Lo bueno que ya al final de esta cuadra está la base del microbús.

Creo que ese tipo medio jorobado que viene caminando por el paso de zebra es uno de la oficina. Sí, es Manuel, él del segundo piso. Ojalá y no me vea y pase de largo. Que güeva tener que saludarlo y hacerle la conversación mientras espero el autobús. Hoy ya agoté mi tolerancia y mi cuota de falsas sonrisas. Ya no me queda energía para seguir fingiendo amabilidades y cortesías. Suficiente con aguantar la tonta plática de la vieja del cubículo de al lado.

- Y tú, Fernandito ¿Sí viste que ganamos el concurso de miss universo? Ahora si ya tenemos una reina, aunque sea de belleza. Jijijiji.

Cada que escucho su risita de ratita asustada me entran unas ganas de aventarle cualquier cosa que tenga cerca de la mano. La verdad ya estoy hasta la madre de esa oficina. Si no fuera por las deudas y los gastos obligados de cada mes, ya hace rato que hubiera mandado a volar al pendejo del jefe y a esta chamba de burócrata. Tanto estudiar Letras Inglesas para terminar archivando papeles ocho horas al día.

Carajo, parece que Manuelito ya me vio. Ya ni como hacer que no lo vi. Se ve que él también trae un ánimo de la fregada, pero creo que se animó al verme. Al levantar el brazo y saludarlo, de forma instantánea pone esa sonrisota que nada más de verla me dan ganas de meterle un puñetazo en sus dientes amarillos. Pero igual yo le respondo con mi sonrisa de emergencia.

- ¿Qué tal Manuel, día cansado, no?

Al parecer todos en la oficina estamos en friega con esto del fin de mes y el reporte anual. Y ahora me toca oír a este tipo hablar sobre sus propias broncas con su jefe de departamento. Mejor ni lo hubiera saludado, hubiera hecho como que leía algo o me hubiera volteado para otro lado. Pero bueno, a ver cuanto me dura esta sonrisa extra.

Creo que ya se le acabaron las quejas, por que de repente se calla y un silencio más que incómodo se deja caer hacia nosotros. En este tipo de situaciones, el tiempo parece dilatarse como en un hoyo negro. Me siento obligado a hacer una pregunta, la que sea.

- Y...¿entonces, ya para la casa?

¡Puta madre! Manuelito vive por mi rumbo y también va a tomar la micro que yo estoy esperando. Nada más de imaginarme ir sentado al lado de este pendejo durante cincuenta minutos, teniendo que seguir este juego de preguntas idiotas, oyendo respuestas que no me interesan, me entran unas terribles ganas de vomitar.

Ahora ya ni caso le hago a lo que me anda contando. Nada más contesto con inclinaciones de cabeza o ambiguos monosílabos. Mejor estoy rompiéndome la cabeza intentando pensar en una forma de zafarme de esa futura tortura.

Pero creo que ya no me salvé. La micro ya se ve a lo lejos. Parece que viene casi vacía. Pero ahora eso ya no me pone de buenas. Si hubiera venido sin lugares para sentarse habría podido dejarlo pasar e irse solo con el pretexto de mi pierna. Ni modo, a aguantarse y poner la mente en blanco.

Volteo a ver a mi compañero de trabajo y él también ya trae una cara de fastidio e incomodidad. De repente, justo cuando voy a empezar a subir al camión, voltea a ver su reloj de manera rara y apresurada, como si ni leyera la hora.

- Bueno Fernando, yo me quedo, ando esperando a alguien. Nos vemos mañana en la oficina. Cuídate.

Le respondo con un “hasta mañana” que intenta ocultar mi sorpresa. Al parecer a él mi compañía le es tan grata como lo es para mi su sonrisa amarilla. Pinche Manuelito.

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Sinestesia

09 julio 2010
Todos sabemos que el color no existe. El rojo de los claveles, el azul de unos ojos o el amarillo del oro no son más que una construcción de nuestro cerebro. Lo mismo pasa con el sonido: existen vibraciones del aire, no notas musicales.

Más bien quien sabe que sea verdad allá afuera, pero nuestro cuerpo, esta fabulosa máquina de carbón interpreta esa información (la longitud de onda de la luz, oscilaciones en la presión del aire) de formas hermosas.

Pero lo verdaderamente importante es saber que pudo no haber sido así. Un murciélago también adquiere esa información pero la procesa de forma diferente. El "ve" a través del sonido. Usa información sonora para adquirir una imagen "visual" del mundo.

Entonces, ¿se imaginan poder tomar información que normalmente procesamos de una manera y pasarla por otro canal? Ver sonidos, oler colores, saborear texturas.

Algunas drogas (LSD, mezcalina) pueden producir este tipo de magia. Una vez en un risco encima de un bosque mientras oía esta canción, ví a un par de pegasos revolotear entre la nubes del atardecer.

Pero el mundo digital ahora también nos ofrece esa opción, y aquí les presento un pequeño experimento en el que tomé la información de una imagen (valores de los canales RGB) y los procese como valores de una secuencia MIDI.

Es interesante ver como se conserva ese "algo" que esa información puede producir en nosotros, ya sea en forma de sonido o de color.

Pollock. Composición No. 8

En forma de color.

En forma de sonido:







Monet. Crepúsculo en Venecia

En forma de color:

En forma de sonido:












Poesia Permutante

14 enero 2010
Leyendo Último Round de Cortázar, al final del primer tomo, me encontré este juego.

A ese enormísimo cronopio, se le ocurrió crear un poema circular, abierto, múltiple... vamos, en palabras simples, un poema que agotara TODAS sus posibilidades. Obviamente, el formato libro restringe estas posibilidades ya que las partes intercambiables del poema vienen impresas en un cierto orden (arbitrario) y de alguna manera eso predispone al lector a leerlo de tal o cuál manera.

A mi simplemente se me ocurrió meter las letras de uno de esos juegos de Cortázar y algunas imágenes de Resnais en una computadora, lo revolví hasta deshacer bien los grumos y lo horneé a 250°C por dos horas.

He aquí el resultado:

(dar click en el "azar" para revolver las partes del poema y crear uno diferente cada vez)

Evolución 2.0

11 enero 2010


Al fín. Me obsesioné un poco con esto, pero ahora si ya está terminado.

Esta es la versión final de una serie de experimentos que intentan ejemplificar el principio de la Selección Natural.

Su funcionamiento es sencillo (aunque con mis pocos conocimientos de programación me llevó mucho hacerlo). Uno hace un dibujo con diferentes colores en el cuadro llamado Ambiente y pone a correr el programa. Este genera Individuos al azar (combinaciones de cuadritos de colores). El individuo que más se parezca al Ambiente se seleccionará y los individuos de la siguiente generación serán formados por variaciones de este individuo seleccionado.Nuevamente se seleccionará aquél más parecido y el programa correrá hasta que se alcance el objetivo.

Aunque me faltaron diversas cosas por meterle al programa, estoy contento con el resultado (y ya muy aburrido como para seguirle).

Bueno, el chiste de esto era demostrar como teniendo una sencilla regla se pueden llegar a formar cosas complejas del caos. Así en el programita vamos viendo como poco a poco los Individuos se van pareciendo al Ambiente, a través de pequeños cambios que se van heredando de generación en generación. Así también vemos como la Selección Natural es una fuerza creativa, ya que no sólo deshecha a los individuos no aptos si no que va moldeando nuevas características en los seleccionados, tal como un escultor lo hace con un bloque de marmol.

Bueno ya. Viva Darwin.

Darwin

06 enero 2010


Hace un rato ya hice un pequeño programita en el que según yo intentaba ejemplificar lo maravilloso del origen de la vida (click) . Bah! Como se ve que aún no sabía nada de Evolución.

Ahora, intentando redimirme ante El Gran Darwin, actualizo el programita, agregándole algo de Selección Natural.

Como se ve comparando las dos versiones de Genesis (2.0 y 2.1), en la segunda el objetivo se alcanza mucho más rápido. Tal como en la evolución de los seres vivos, el programa ahora tiene una "fuerza" que va seleccionando a los diferentes individuos. Así, cuando una letra cae en la que le corresponde, esta se mantiene para la siguiente generación, en la cuál vuelven a cambiar los demás caracteres. Y así hasta que se alcanza la oración entera.

Aunque igual de maravillosa, la vida, en su complejidad que hoy presenta, ha sido formada por simples pequeños cambios conservados a través de miles de generaciones ;) .

Dos

15 diciembre 2009


No sé como empezó todo esto. Recuerdo que antes de conocerla, la vida para mi se había convertido en un terrible contar el paso de los días. Mi amor por ti ya hacia varios meses que había muerto. Al final tuviste razón, tomamos muy pronto la decisión de casarnos. Al desaparecer la emoción de los primeros meses y caer en la gris monotonía de la vida de pareja formal poco a poco me fui hartando de ti. No te culpo. En estos casos nadie es culpable de nada. Salvo tal vez de ser demasiado ingenuo. Creer en el amor eterno y en la vida después de la muerte, clásicos argumentos para guiones de cine hollywoodense.

Si, es cierto, te amaba. Como la amo ahora a ella. No más, no menos. Por momentos pienso en lo terrible de mi amor. Lo imagino como a un niño egoísta, dispuesto a hacer cualquier cosa por cumplir sus caprichos. Cuando estaba enamorado de ti, hice cosas irracionales y absurdas con tal de llegar a ti, por llamar tu atención y al final poder besar tus labios de dulces rosas. Esos primeros días al verte pasar por los pasillos, o salir del elevador, el día en la oficina se convertía en un esperar la siguiente ocasión en que te vería. Y cuando supe tu nombre, y después por fin pude hablarte y oír esa linda risa que ahora calla, algo nuevo dentro de mí apareció. Algo que ahora ha muerto.

Al principio creo que amaba a ambas. Pero si por algo busqué a alguien como ella fue para tener todo lo que tú no me dabas y eliminar todo lo que no me gustaba de ti. Y así mismo, ahora que estoy solo con ella, sé que extrañaré ciertas cosas de ti. Tú sabes como adoraba la forma en que hablabas apasionadamente sobre las cosas que te gustaban o cómo podíamos caminar en silencio por horas tomados de la mano por la ciudad y al final del día saber lo que el otro había pensado al ver aquella pastelería o aquél pequeño árbol. Pero sobre todo, extrañaré tu risa, ese pequeño cascabel dorado. Más no me arrepiento. Mi vida contigo ya era insoportable. Con el paso de los días, aquella dulce y cariñosa novia terminó siendo remplazada por una esposa siempre irritable y enojada.

Con ella todo fue diferente. El amor no apareció como un flechazo hiriente y delicioso en el costado. Mi amor por ella nació como algo que no se espera pero de alguna manera se sabe que siempre estuvo ahí. Con ella no fueron necesarios esos tímidos primeros acercamientos, ni tampoco lo fue el guardar las formas o contener el deseo. Desde el momento que la descubrí y ella comprendió mi deseo, nos entregamos al disfrute mutuo. No fue algo querido ni pensado, fue algo más instintivo, más animal. Aún ahora al pensar en ella, un calor profundo recorre mi cuerpo despertando el deseo.

Y es que ella es lo más bello que he visto en mi vida. Sus ojos negros marinos, su dulce boca rosa. Sus negros cabellos cayendo sobre sus hombros desnudos. Cada línea de su cuerpo dibujada con la dimensión exacta para ser recorrida por mis manos. Y sobre todo su boca unida con la mía.

En esos días no pensaba en lo que estaba haciendo. No llegaba a comprender como te traicionaba al estar con ella y hasta llegué a pensar que eso mejoraría mi relación contigo. Recuerdo como después de haber estado con ella en la cama y regresar contigo, los enojos y las peleas desaparecían por unos días. Así pude combinar mis dos amores por un tiempo. Después de haber estado con ella, con su hermoso cuerpo, los fines de semana salía contigo al cine o al teatro y en las noches al regresar a casa discutíamos sobre el tema de la película/obra. A veces salíamos a comer al centro y terminábamos la tarde tomando un café y hablando por horas. Todo nos unía, compartíamos los mismos gustos musicales y literarios, la misma ideología política, la adicción al café y al cigarro. Tal vez fue precisamente eso lo que provocó la ruptura.

Esos momentos de tranquilidad duraban poco. Lo suficiente para que empezara a extrañarla. Y cuando nuevamente nuestro amor se disolvía en la monotonía y el hastío, las peleas entre tú y yo no hacían más que aumentar mi amor por ella.
Tal vez sea un patán por contarte estas cosas, pero de alguna manera tenía que ser honesto contigo. Quiero que entiendas mis razones, mis motivos.
Poco a poco ella fue desplazándote hasta que al final sólo ella quedó en mi mente. Los momentos contigo se volvieron insoportables. Todo lo tuyo me irritaba. La comparación fue inevitable y no encontré razones para seguir contigo, para seguir soportándote. Ya no disfrutaba de tu plática o tu compañía. Inventaba juntas y pretextos para retrasar mi llegada a casa. Cada vez quería pasar más tiempo con ella; todo el tiempo con ella. Ella era lo único en lo que pensaba, lo único que quería. Besarla y hacerle el amor. Y tú, amor, te convertiste en un estorbo entre ella y yo.

Alguna vez tú fuiste la razón de esta pasión, de esta locura. Pero tu misma, con tus enojos, con tu frialdad, te encargaste de que me olvidara de ti. Y no tuve más remedio que buscar refugio en ella, en su cuerpo de diosa. Así fue como lo decidí. No podía seguir viviendo contigo. Ahora sólo quería vivir para ella. Era necesario deshacerme de ti.

Créemelo, fue horrible. Durante semanas enteras no encontré el valor para tomar una decisión, pero al final, fuiste tú quién me empujó a hacerlo. Cada día te negabas más a que yo estuviera con ella. La forma en que rechazabas mis caricias sobre su cuerpo, las ridículas excusas que dabas para negarme su amor; todo ello llevó mi desesperación al límite.

Así que planee todo para que pareciera un accidente. Un tropiezo en la escalera, un brutal golpe en la cabeza. Al ver el hermoso cuerpo de mi amada, lastimado por mi plan, al principio me sentí horrorizado. Pero los doctores dicen que ella está bien y que tú ya no despertarás. Que tú ya no eres (vaya si yo lo sabré) este hermoso cuerpo tendido en esta cama de hospital.

Viéndola a ella quieta, profundamente dormida, ahora sé que al fin puedo entregarme por completo a este nuevo amor.

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lunes, 15 de diciembre de 2008 03:50:22 a.m.

02 septiembre 2009
Vengo del teatro. El buen canario. La dirige Malkovich y sale Diego Luna, Jiménez Cacho y Bruno Bichir. Ah también la que se desnuda en El búfalo de la noche.

La historia es un tanto trillada. Una chava loca, desequilibrada, autodestructiva: adicta a las anfetas y bulímica. Ya sabes, producto de los traumas de la infancia: violacion, abusos... Y su wey, quién se la pasa toda la obra cuidándola y tratando de "ayudarla", "componerla".

No te arruino la historia. Sólo te cuento una parte que me dejó helado. Ella en el hospital. Él diciéndole que ya estuvo. Que no puede seguir así. Que necesita ayuda. Etc... Ella tranquilamente lo calla diciéndo: "¿No ves que no hay nada que arreglar? Yo soy así. Esta es la verdadera Annie. Siempre he sido así, y no hay nada más."

Creo que siempre supe eso. Pero tal vez, por una extraña clase de pudor, yo pensé que realmente queria ayudarla. Quería arreglar lo que estaba roto dentro de ella.

Pero no, siempre supe que ella no tenía remedio. Sólamente estaba a su lado para contemplar el bello espectáculo de su tristeza y su caida al vacio.

Lo sé, soy un egosita. Pero me consuela saber que realmente la quiero, y que alguna vez, entre los gritos y los silencios, alguna tontería mia la hizo reir.

Triángulos o perros

28 junio 2009








¿Cuáles son las cosas que me parecen extrañas? Las más triviales. Sobre todo, los objetos inanimados. ¿Qué es lo que parece extraño en ellos? Algo que no conozco. Pero es justamente eso! ¿De dónde diablos saco esa noción de «algo»? Siento que esta ahí, que existe. Produce en mi un efecto, como si tratara de hablar. Me exaspero, como quien se esfuerza por leer en los labios torcidos de un paralítico, sin conseguirlo. Es como si tuviera un sentido adicional, uno más que los otros, pero que no se ha desarrollado del todo, un sentido que está ahí y se hace notar, pero que no funciona. Para mí el mundo está lleno de voces silenciosas. ¿Significa eso que soy un vidente, o que tengo alucinaciones? De Die Verwirrungen des Zöglings Törleß de Robert Musil.

(Canon EOS 35mm, Fuji Superia)

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Insecta, Hymenoptera: Formicidae

15 junio 2009


Tal vez el título del libro fue sólo una extraña coincidencia o acaso debió ser el primer signo de algo extraordinario. Cuando mis ojos se posaron en el lomo de aquel
este gran libro viejo y leí el nombre de la obra, inmediatamente sentí el deseo de leer aquellas estas páginas. Nunca antes había tenido interés en tema entomológico alguno, pero las letras escritas en dorado sobre aquella encuadernación de piel formando las palabras Insecta, Hymenoptera: Formicidae despertaron en mí un raro deseo de poseer inmediatamente aquél ejemplar. El deseo de llegar a convertirme en un gran escritor, me empujaba a devorar varios libros a la semana y constantemente me encontraba en búsqueda de nuevo material. Fue extraño. Siempre en mis paseos por aquellas librerías de viejo tardaba horas en revisar cada una de las hileras de libros, y solamente hasta haber recorrido una buena parte de la librería (nunca toda) regresaba a buscar aquellos libros que habían llamado mi atención.

En esa ocasión, interrumpiendo mi recorrido, inmediatamente tomé el libro del anaquel y lo abrí en una página al azar. Sobre el grueso y rugoso papel vi ilustraciones anatómicas de alguna especie de hormiga del África Central. El dibujo (hecho y coloreado a mano) iba acompañado con descripciones en francés. Cerré el libro buscando el nombre del autor en la cubierta, pero sólo volví a encontrar el título repetido en el lomo. El libro parecía muy antiguo, la piel del forro había endurecido mucho, tanto que la textura asemejaba la corteza de un viejo árbol. Ojeé las primeras páginas sin encontrar tampoco información sobre el autor de aquel tratado de entomología. Ni siquiera en aquellas estas páginas había información sobre el lugar o fecha de impresión de la obra. Quise preguntar al encargado de la librería sobre aquel libro anormal, pero al mirar el estante donde había tomado el tratado, el espacio ahora vacío dejaba ver la portada del ejemplar contiguo. Era una versión al parecer de impresión más reciente del libro que yo tenía en las manos. Tomé aquella edición y leí el mismo título en su portada, con la diferencia de que esta vez sí encontré un nombre debajo de él. Un tal Leroux, J.M era el autor de aquel tratado. A diferencia del primer ejemplar, este estaba impreso en papel blanco y suave y la encuadernación parecía ser de materiales modernos. Busqué la fecha de impresión y cual fue mi sorpresa al ver los derechos registrados de la obra en el año de 1972. Ahora no parecía tener sentido la existencia de una edición con apariencia tan antigua de la misma obra. Abrí ambos libros buscando comparar su contenido. En los primeros capítulos, los dos ejemplares eran idénticos a simple vista (dejando de lado las diferencias de diseño y tipografía), salvo una o dos notas al pié que no pude encontrar en la edición de apariencia más reciente. La siguiente diferencia, demasiado evidente, fue la longitud de las dos obras. La de encuadernación en piel contenía varios capítulos adicionales, en los que se abordaba de manera más profunda la anatomía, relaciones sociales y origen de las especies de hormigas mencionadas en el libro. Supuse que aquella versión habría sido una edición completa y de acabado lujoso de la misma obra de aspecto reciente. Pregunté al encargado el precio de aquella obra aquel libro. Extrañado, miró el libro tomo que tenía en las manos y dijo no saber que tenía aquél ejemplar en su librería. Tomó el libro, lo examinó sin mucho interés y mencionó un precio un tanto elevado, aprovechándose del interés que evidentemente notó yo sentía por la obra. El deseo, desmedido e irracional, que yo tenía por leer aquellas estas páginas hizo que no me importara pagar la elevada suma de dinero y salí de la librería cargando la nueva adquisición para mi biblioteca.

Caminé por la calle de Donceles con la intención de dirigirme a la estación Allende del metro para transportarme a mi departamento en los suburbios de la ciudad. Pero algo me empujaba a abrir inmediatamente aquél tratado entomológico, empezar a disfrutar de aquellas delicadas ilustraciones e informarme sobre la vida sexual de las hormigas. Pensé en un lugar tranquilo donde pudiera sentarme a disfrutar de mi nuevo libro y corregí mi rumbo hacia la alameda central.

Ya ahí, a la sombra de los árboles, sentado en una banca, recorrí pacientemente las páginas de aquel hermoso tratado entomológico. Leí hoja tras hoja informándome sobre la biología de las hormigas, hermosos insectos capaces de construir increíbles arquitecturas subterráneas. Abriendo páginas al azar, leía párrafos de uno y otro lado. Como he dicho, nunca antes había tenido curiosidad por informarme sobre la vida de los insectos, y aún en ese momento, mientras leía sobre un tipo de reproducción asexual que practican ciertas especies de hormigas, en el fondo sentía que lo que me atraía de ese este libro no era su información ni su tema. Era otra cosa. Las ilustraciones del texto habían sido realizadas por el mismo Leroux y creí ver en ellas algo de talento artístico. Pero a pesar de la obvia atracción de aquellos dibujos, yo seguía más interesado en leer cada palabra del libro. Quizá se debiera a que la tipografía de la obra era demasiado elaborada, de una belleza inusual en las obras los textos de temas científicos. El sólo hecho de pasar la mirada sobre las curvas y rectas que formaban a las letras con que el texto estaba hecho infundía en mí un exquisito placer. En algún momento mis ojos dejaron de tejer palabras con aquellos signos para dedicarse a una completo recorrido por los valles de las emes y las mesetas de las zetas.

Fue entonces cuando por primera vez lo vi. En ese instante me distraje con la lámina que ilustraba la anatomía de la hormiga obrera de una especie herbívora y al regresar al texto creí encontrar una bella coincidencia. Tal vez cayendo de las hojas de los árboles que se alzaban sobre mi cabeza, tal vez caminando desde el pasto hasta mi mano, el caso era que una pequeña hormiga de jardín se encontraba caminando entre las letras de la página que yo leía. El pequeño insecto parecía moverse bordeando los signos del texto, respetando sus bordes y delineándolos. Por unos instantes más seguí al pequeño insecto con la mirada, hasta que con el dedo empujé hacia el piso a la hormiga. Inmediatamente después al movimiento de mi mano, un efecto visual se apoderó de mi vista. A lo mejor fue que había estado leyendo ya varias horas con poca luz y sin mis lentes para leer. Lo que creí ver, (ahora sé que realmente lo vi) produjo en mi un escalofrió que hizo que yo soltará el libro y este cayera al suelo. Pensé en que la sugestión o la influencia de haber leído por varias horas sobre hormigas y más hormigas pudieron ser las causantes de mi visión. No podía ser, claramente había sido un sueño, una fantasía visual. La parte que controlaba el sentido racional de mi cerebro lo negaba e intentaba convencerme de que las letras que formaban al texto entomológico no se habían movido, no habían surgido del papel como de la tierra y no podía ser que se encontraran huyendo del libro tirado en el piso, brotando como de un hormiguero para perderse entre el follaje de la alameda.

Recuerdo que miré a mí alrededor buscando testigos del asombroso fenómeno pero yo estaba solo en aquella parte del parque. Durante unos instantes más seguí viendo pequeñas hormigas salir de entre las hojas de aquel este libro extraordinario.

Lo natural en mí siempre ha sido negar cualquier hecho que vaya en contra de la lógica y el sentido común. Claro que siempre queda el problema de definir que es lo lógico y lo común. Pero basta decir que antes de empezar a aceptar la realidad de un libro orgánico, de aquellas letras vivas, llegué a considerar como una razón más “lógica” un brote de locura en mi persona que explicara aquella visión irracional. (Párrafo innecesario)

Aquella tarde, después de mirar a un hormiguero entero de consonantes y vocales brotar de aquel este libro vivo, debo aceptar que un aliento helado recorrió mi cuerpo. Dudé si debía recoger el libro del suelo y examinarlo nuevamente o si era mejor abandonarlo y alejarme del lugar. Después de algunos minutos tomé el libro del piso, un poco sucio de tierra e insectos, lo metí a mi mochila y abandoné rápidamente el lugar.

En el camino a mi departamento intenté no pensar en él. Pero el sólo hecho de sentirlo en la espalda, dentro de la mochila, e imaginar los movimientos que aquellas diminutas patas sobre las hojas, escapando del papel, me producía una sensación de terror y asco.

Estando en casa, frente a la mochila sobre mi escritorio, todavía dudé unos minutos antes de atreverme a sacar el libro. Al abrir la mochila, llegó a mi nariz un extraño olor a tierra húmeda recién removida. Mis manos tomaron del fondo de la mochila aquella pasta dura y rugosa y rápidamente lo coloqué sobre la mesa. Al observar el lomo y la portada se podía percibir un movimiento en el interior del libro, entre las hojas. Lentamente me acerqué y alcancé a oír un murmullo como de lápices sobre papel. Con el mismo cuidado de quién toma algún material corrosivo o contaminado, yo al fin me atreví a revisar las páginas del libro.

Sólo pude abrirlo en una página arbitraria y alejarme horrorizado. Sobre la hoja superior, cientos de hormigas labraban su incansable trabajo. En hileras/renglones organizadas recorrían la superficie de aquella página. Algunas parecían desaparecer entre las fibras de aquél rugoso papel mientras que a otras las creía ver salir de entre el lomo y otras partes de las hojas. Pudo más la curiosidad que el miedo1 y poco a poco me fui acercando.

Lo que a continuación vi bien podría caer dentro de lo que la gente impresionable considera magia. Una a una, cada hormiga de cada fila/renglón se perdía entre las fibras del papel para quedar congelada dentro de él, tal como la tinta, y así, hormiga a hormiga, letra a letra, con un trabajo que sólo una inteligencia superior puede lograr, iban formando sobre el papel unos versos que inmediatamente reconocí pertenecientes a Piedra de Sol de Octavio Paz. Al instante recordé que en la mochila donde había estado aquél libro yo también llevaba un tomo de las Obras completas de Paz donde venía incluido aquél gran poema. Busqué dentro de la mochila y el tomo seguía ahí. Lo tomé y todavía alcancé a ver algunos pequeños insectos escabullirse entre las hojas. Fuera de eso, el libro no tenía nada extraño. Todo seguía tal y como yo lo había dejado. Incluso el separador se encontraba en la página donde yo había detenido la lectura.

En el escritorio, el trabajo poco a poco se iba deteniendo, hasta que toda vida desapareció sumergida en el papel. Me acerqué al libro y pude ver una fiel reproducción de los versos iniciales del poema de Paz. Todavía con miedo, di la vuelta a la página y creo que en ese momento ya sabía lo que iba a encontrar. El resto del libro se encontraba en blanco. Revisé cada una de las páginas que antes había visto llenas de descripciones entomológicas y ahora no encontré rastro de tinta sobre ellas.

Esta vez, más confundido que horrorizado, dejé el terrible libro y me recosté en la cama.

En mi mente se libraba una batalla entre la razón y la locura. Como dije antes, En ese momento creí haber perdido el hilo que me ata a este mundo e imaginé la posibilidad de que todo aquello sólo fueran los delirios de un pobre loco. Otro Quijote enfermo de literatura.

Tranquilizándome un poco más, recordé lo poco que alcancé a leer sobre aquellos insectos. Seres increíbles, con organizaciones sociales semejantes (o hasta superiores) a las humanas. Creo haber leído un poco sobre las guerras que se libran entre hormigueros, sobre las conquistas y las cruzadas fórmicas. Recordé las granjas de pulgones y cochinillas que las hormigas crían, para alimentarse de ellos, tal como nosotros con el ganado. Si aquellos seres, los más numerosos habitantes de este planeta, los que realmente controlan la vida en las selvas, eran capaces de tejer intrincados mundos misteriosos debajo de los nuestros, donde nuestra vista jamás ha llegado; nadie sabe lo que allí pueda pasar. Y entonces, forzando en demasía los límites de lo razonable (pero otra vez: ¿qué es lo razonable?, ¿la vida a base de carbono?, ¿la carga negativa del electrón?, ¿la existencia misma?), sólo así podríamos suponer un desarrollo aún superior. Podríamos pensar en una inteligencia fórmica, en un pensamiento de insecto. Atreví la idea de un hormiguero no dedicado a la simple recolección de hojas, a la aburrida caza de otros insectos. Imaginé el lento trabajo de la construcción del gran proyecto, idea de una hormiga Reina superior. La recolección de las fibras del papel, la elaboración de las pastas y los forros. El diseño incomprensible de un hormiguero escondido en un libro. ¿Es esto una locura mayor que pensar en el mono que alguna vez empezó a rayar trazos sobre piedras?

Y pensando todo esto, intentado reconstruir mi mundo para no caer el abismo de la sinrazón, poco a poco entré en un cansado sueño.

La idea del destino como un guión que marca las acciones de nuestras vidas me parece ridícula. Sin embargo, debo admitir que si el mundo comenzó en algún tiempo determinado, y si en ese momento las leyes que rigen el movimiento de la materia (que el sentido común nombra como lo único existente en el universo) eran las mismas que las que hoy poco a poco descubrimos, todo en nuestras vidas, desde el más insignificante de nuestros actos hasta la mayor de nuestras decisiones, todo está ya marcado por esas leyes, todo está determinado ya desde ese primer instante. Así pues, bien puedo decir que yo estaba destinado a encontrar este libro. (Otro párrafo prescindible)

Regresé del sueño un poco perdido. No alcanzaba a recordar claramente lo ocurrido aquél día. Los recuerdos reales se mezclaban con los recuerdos de mi sueño. Y es que en ese momento no parecía haber diferencia alguna entre ellos. Ambos imposibles, absurdos. Aún dudando de la veracidad de mis recuerdos, dirigí mi vista hacia al escritorio donde había abandonado aquél hormiguero-libro. Todo estaba en calma. Me puse en pie y examiné las hojas de ese este libro. Nuevamente todo estaba cambiado. Los versos del poema de Paz ya no estaban y ahora parecía haber varias historias cortas escritas en aquellas páginas. Empecé a leer y poco a poco fui reconociendo los argumentos centrales de varios cuentos que yo había empezado a esbozar en mi libreta de apuntes. Sin embargo aquél texto no era el que yo había escrito, no del todo. Estaban la mayoría de las palabras y la idea principal se mantenía intacta pero parecía que aquellos bocetos habían sido trabajado por manos más hábiles que las mías. Rápidamente busqué aquél objeto la libreta e inmediatamente lo la encontré donde siempre, sobre un montón de hojas garabateadas en mi escritorio, a un lado de mi Olivetti Lettera 35.

Al igual que cuando comparé las dos ediciones de Insecta, Hymenoptera: Formicidae, esta vez encontré diferencias entre mi libreta de apuntes y la hoja. En el libro había anotaciones al borde de la página, indicando la necesidad de usar otro tipo de narrador o correcciones indicando un manejo inadecuado de los tiempos. Poco a poco entendí lo ocurrido y me llevé las manos a la cabeza. La actividad del libro-hormiguero no se había limitado a copiar los textos, vil trabajo de amanuense. Había algo de creativo (si existe un dios, él nos salve) en aquellos seres. Y peor aún: era un talento puro, intacto… natural. En el texto del libro ninguna palabra estaba de más. Exactamente la idea que yo había querido transmitir en mis los cuentos garabateados en mi libreta se encontraba ahora en aquél papel. Si en mis textos se perdía la idea principal entre mechones de frases prescindibles, en descripciones exageradas, el trabajo de aquella Reina (solamente una Reina hormiga podía haber dictado aquél texto) había logrado mantenerla, resaltarla, hacerla más nítida. Recordé el texto entomológico y entendí los capítulos adicionales de la edición que yo adquirí; ¿quién podría saber más de entomología que las mismas hormigas?

El resto de la historia es de poca importancia. Pasé varios meses sin saber que hacer con aquél endemoniado libro. Mientras tanto pude observar el completo funcionamiento del hormiguero. A cualquier hora del día encontraba a exploradoras entre los anaqueles donde guardo mis libros de poesía o en las cajas donde amontonaba las malas novelas que por una u otra razón había comprado. Después de algunos minutos empezaba a ver una pequeña hilera de hormigas salir de su hormiguero y dirigirse al libro que esa vez devorarían. Creo que cada hormiga se encargaba de copiar una letra del texto original, tal vez recordando su forma, y al regresar a su propio libro desaparecía entre las fibras del papel, de donde de otro lado surgían nuevamente para convertirse en tinta e incorporarse al naciente texto. Comprendí por qué cuando vi los versos de Piedra de Sol, estos se encontraban sin modificaciones. La misma Reina los había considerado perfectos y no necesitados de corrección alguna. Lo mismo pasó cuando las exploradoras se dispusieron a copiar El Quijote, o algunos cuentos de un libro viejo de Cortázar.

Consideré la idea de destruir aquél libro y librar a mi alma de aquella sensación de desdicha. Ver mi gran sueño alcanzado por simples insectos. La escritura que yo jamás lograría, había sido realizada por algo aún sin conciencia, aún animal.

Y entonces lo decidí. Aquél libro sería la fuente de mi literatura, mi musa. Alimentándolas con mis imperfectos bocetos, con mis burdos argumentos, ellas crearían verdaderas obras de arte, que yo simplemente firmaría y entregaría a algún editor.

Así es como he escrito ya seis libros de cuentos y dos novelas, todos adulados por los críticos y vendidos por miles. No siento culpa ni remordimiento. Este era mi destino. Así se presentó mi don. Pero creo que algún día tendré que contar la verdad de alguna manera. Tal vez tenga la idea de escribir un cuento fantástico sobre un libro maravilloso. Entonces, esbozaré unas líneas sobre una hoja de mi libreta, la dejaré cerca del hormiguero y después que las obreras hagan su trabajo.


1 Plagio a Borges. El original en There are more things, frase final dice: “La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.”

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Apuntes del cuaderno azul

16 marzo 2009
Estamos solos. Todos lo hemos sentido, todos lo sabemos.

Nuestra existencia no es más que una absurda casualidad, una broma sin espectadores.

Materia que llega a darse cuenta de su existencia. Nada más.

En el invariable curso del movimiento de los átomos y las estrellas, en una pequeña roca danzante, la combinación exacta de carbono y oxigeno e hidrógeno y nitrógeno, por un capricho del azar, dio inicio a una nueva forma de movimiento de la materia; dio origen a la vida.

Vida, categoría arbitraria designada por el hombre. Pero realmente no hay diferencia entre el baile de las estrellas y el vuelo de un ave, entre el fluir de un río o la circulación de la sangre.

Hasta que llegó el hombre, y con él, la conciencia.

Imagino al primer simio conciente, mirándose las manos, tocándose la cara, sintiendo su cuerpo. Frente a un charco mirando su rostro, reconociéndose. Lo imagino en la sabana africana en una horrible y salvaje noche rodeado de otros parecidos a él. Tal vez aún sin entender, tal vez aún sintiéndose piedra, montaña, animal. Pero ya empezando a saberse apartado, ahora conciente. El más terrible miedo debió recorrer su cuerpo, su conciencia.

Cada conciencia, aislada del resto del universo. Separada de si misma. Como el mundo y su imagen en el espejo. Y dentro del mundo millones de espejos con una imagen diferente cada una, todas perfectas, todas erróneas. ¿Cómo meter un espejo dentro de otro? ¿Cómo unir dos existencias? La más profunda soledad.

Y esto nos asusta, nos hace llorar por las noches. Y gastamos cada minuto de nuestras vidas intentado apagar esta sensación, intentando llenar este vacío. Este absurdo. Por eso ocho horas diarias de sano sueño, por eso tv por cable y fiestas los viernes. Por eso arte y ciencia, por eso circo, libros, sexo, drogas, dolor y placer y más drogas y más placer y amor.

Aunque todo sea sólo un valium. Y los únicos valientes hayan renunciado ya a la cordura y se hayan entregado al infinito placer de no conocer nada. Los otros, los más cobardes o los más débiles o los iluminados, optaron por la bala, la cicuta, la daga, la cuerda, el puente, el mar… la cruz.

Y es que basta un momento de completa lucidez para perder la razón.

paz guerra columpio verde grito paz paz paz rojo reloj y gato siempre corazón luz azul al revés paz sur rojo verde herida dos siempre sin tortuga cielo canción dios negro infinito empezar ocho ocho ocho


Edit: al leer esto en un estado no depresivo no puedo más que decir "que mamadas escribo a veces"

Vaso

01 marzo 2009
Ayer rompí un vaso. Lo dejé caer cuando, ya medio borracho, me levanté de la cama para buscar un encendedor. Al caer, el vaso pareció entrar en el lago del piso de mi cuarto salpicando la ropa y las hojas que estaban tiradas alrededor. Pasé entre el piso mojado de vidrios y fui al mueble donde guardo la ropa y los libros. El tercer cajón está lleno de basura: un cassette de bob dylan, un yo-yo, una cartera, cuatro cajas de cigarros vacías, un reloj de pulsera y un despertador, una baraja incompleta… montones de hojas donde a veces apunto alguna tontería. Abrí ese cajón y revolví las cosas hasta encontrar un encendedor. De entre la ropa saqué la caja donde guardo la marihuana y forjé un gallo. Abrí la ventana del cuarto y ahí mismo, viendo la lámpara que ilumina la calle, lo fumé hasta que el papel empezó a quemar mis dedos. No había ninguna estrella en el cielo. Cerré la ventana y me acosté en la cama. No creo haber estado más de media hora despierto. Recuerdo haber oído la guitarra de wish you were here sonando en las bocinas de mi grabadora antes de entrar en un profundo sueño.

Tú regresabas. Habrías la puerta del departamento y yo, sentado en el comedor frente una botella de whisky, quedaba inmóvil con las manos sobre la mesa. Con paso firme, te dirigiste hacia donde yo estaba y tomaste asiento justo frente a mí. Te serví un trago pero tú ni siquiera lo tocaste. Recuerdo que no hablamos, pero me contaste lo que habías hecho todo este tiempo (creo que ya son seis meses desde que te fuiste). Nuestro diálogo se llevaba acabo sin palabras, solamente tu mirada se comunicaba con la mía. Así, sin oír tu voz de niña, me enteré de tus nuevos muchos llantos y tus pocas risas. Me hablaste sobre el nuevo hombre de tu vida, y yo empecé a llorar. Fue ahí cuando el sueño se volvió pesadilla. Te enojaste y me empezaste a gritar, exigiendo un poco de madurez de parte mía. Yo intenté tomar una de tus manos pero tú la retiraste con un brusco movimiento que también tiro el vaso con el que estos seis meses me he estado emborrachando.

Hoy desperté todavía ebrio y sudando frío. Respiré profundamente sin saber que hacer. Sentí ganas de orinar y salí de la cama. Al atravesar el cuarto, mis pies desnudos se encontraron con los cristales del vaso que rompiste. La sangre salió inmediatamente. Cojeando llegué al baño y sentado sobre la tapa de la taza retiré el pedazo de vidrio que había roto la piel de la planta de mi pie derecho.
Creo que ya ha pasado más de media hora y la sangre no deja de brotar. El rollo de papel de baño ha quedado todo empapado de sangre y ahora intentó tapar la herida con la toalla de baño. El azulejo del baño manchado con mi sangre forma una imagen demasiado escandalosa. El mareo de la borrachera de anoche (o provocado por la perdida de sangre) me regresa de repente. Pienso en lo absurdo que sería morir desangrado en el baño. Todos, pensarían que por fin me he suicidado. Al pensar esto, como de muy lejos, sale por mi boca un sonido parecido a una carcajada. Empieza como un quejido o el inicio del llanto, pero poco a poco voy abriendo más la boca hasta reír como un loco. Pienso en que tú también te reirías si te contara de esta situación. Todavía riendo, envuelvo mi pie herido en la toalla y tambaleante salgo del baño y busco mi zapato izquierdo debajo de la cama. Tomo una chamarra y, antes de salir hacia el hospital, al pasar por el comedor de un golpe me tomó el trago que anoche dejaste en la mesa.

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Selección Natural

08 febrero 2009
Ese día, conforme a lo acordado, te despiertas cuando el sol todavía no ha salido. Te vistes rápidamente, lavas tu cara y sales del jacal que hasta anoche fue ocupado por una familia campesina. Esta noche fue tu cuartel. Esta tarde será sólo cenizas.

Reúnes a tus hombres y das las últimas indicaciones de la misión. No hay diferencia con los demás ataques. El miedo es tu objetivo. La muerte. Todos suben al camión rumbo al poblado sentenciado. Son tres horas y media de largo camino. Tres horas y media de silencio. Nadie en el grupo habla. Sentados en la parte trasera de la camioneta, con los fusiles en mano, tus hombres sólo contemplan la terrible selva. Un vacío monstruoso se puede ver en sus ojos. Hombres sin expresión alguna. Pero las huellas de la muerte en sus manos y los rastros de la sangre en sus ropas cuentan toda su historia.

Miras tu reloj de pulsera. Calculas que al medio día todo habrá acabado. Al pensar esto quisieras no recordar, pero es inevitable. No puedes sacar de tu mente los gritos de las mujeres, el llanto de los niños, los cadáveres. La sangre cubre tu memoria, y vuelves a sentir el calor del ataque. No sientes remordimientos, pero aún así, hay noches en que no puedes conciliar el sueño y pasas la noche escuchando el respirar de la monstruosa selva. Es en la noche cuando hasta tú le tienes miedo a ese monstruo, a sus verdes olores, a su abundancia eterna, a sus bestias ancestrales, a su humedad asfixiante y a su calor infernal.

Intentas despejar tu mente y buscas distraer tu pensamiento mirando la vegetación del camino.
En esa selva los árboles surgen de la tierra uno tan cerca de otro que es difícil no pensar que son uno solo, un muro vivo de una verde fortaleza. Las lianas cuelgan de los árboles tejiendo un techo que impide a la luz llegar a la tierra cubierta de musgo. Apenas el camino de terraceria se logra abrir paso entre tanto verde, entre tanta vida.

Los días en ese lugar se desarrollan aparte del mundo, los dioses son otros, la vida es otra. Los que allí habitan respetan las leyes naturales. Respetan a los árboles gigantes y al jaguar, legítimo rey de la selva. Ellos son aliados. Los naturales, la selva y la guerrilla.

Por eso los odias, son tus enemigos. En la selva se esconden los rebeldes, los alzados, los indios-de-mierda. Por eso a veces los aviones de tu ejército hacen llover fuego del cielo, esperando acabar con todos. Queman árboles, destruyen las casas de los campesinos y hacen huir a los guerrilleros. De las entrañas de la selva nacen parvadas de aves asustadas y los animales corren huyendo del fuego.

Ya han pasado más de cuatro horas y todavía no has llegado a tu destino. De pronto te detienes y uno de tus hombres te dice que el camino es demasiado estrecho, que la vegetación ha crecido hasta desbordar las orillas de la carretera y que el camión no puede pasar. Decides seguir el camino a pie. Tus hombres bajan y te siguen entre la maleza. La atmósfera es húmeda y el techo vegetal impide el paso de la luz. A tu paso arrancas hojas y lianas con el machete que llevas en la mano, tus botas militares pisan plantas y quiebran algunas ramas.

En la selva, los ruidos se confunden. De vez en cuando se escuchan los sonidos de algunos animales: los aullidos de los monos congos te recuerdan los gritos de las mujeres violadas por tus hombres. Quisieras callarlos, disparar contra ellos, pero no sabes donde están. Escondidos entre los gigantes árboles, protegidos por ellos, parecen seguirte y aullar para ti, torturándote con su grito. Pájaros de colores sin nombre impiden con sus cantos el retorno del silencio.

No te gusta caminar entre la selva. Aún con tus armas y tus hombres, te sientes amenazado, en peligro. Sabes que ese es territorio de la guerrilla. Ellos conocen mejor que nadie aquellas tierras y aprovechan todas sus ventajas. Más de una ocasión, aprovechando la protección que les ofrece la selva, han sorprendido a tus soldados en emboscadas.

Te sabes solo en aquella selva. A pesar de las ametralladoras y a pesar de tu ejercito. Te sientes burlado por esos indios-de-mierda. Sabes que ellos ocultan a la guerrilla. Sabes que los rebeldes son hijos de las mujeres de las aldeas de ese lugar. Por eso no sientes remordimientos. Esto es una guerra, te dices. Morir o matar, no queda de otra. Cuando frente a toda la aldea, le exiges al anciano más viejo que te diga donde se esconde la guerrilla, sabes que no te va a contestar. Y con una rabia que sube desde tu vientre hasta tu cabeza lo empiezas a golpear hasta dejarlo tirado en el piso. Gritas y amenazas a todos los demás indios. Pero ninguno habla. Es entonces cuando ya no eres humano y empiezas a disparar en la cabeza de cada uno de los hombres que tus hombres colocaron de rodillas. Escuchas los gritos de las mujeres, los chillidos de los niños. Tu ira crece aún más. Das la orden y tus hombres toman a las mujeres, y ya sin importarles si dirán algo sobre la guerrilla, las empiezan a golpear. Ellas luchan por pocos minutos, pero al final, sus cuerpos llenos de sangre ya no pueden resistirse a tus soldados. En la aldea destruida se escuchan balazos aislados, mientras tus hombres terminan de quemar los cadáveres y perseguir a los que huyeron.

Ya son más de cuarenta minutos de caminata y empiezas a dudar de la brújula con la que te has guiado. Sin embargo sigues caminando, cada vez más a prisa, cada vez más nervioso. El camino se cierra y las lianas y ramas que antes se encontraban muy arriba de tu cabeza ahora te impiden el paso. Tomas el machete y con un golpe al aire las haces caer al suelo. Pero es inútil. Al siguiente paso la vegetación es aún más densa. Tus hombres se empiezan a rezagar y tu, nervioso y fastidiado, los regañas a gritos. Sabes que no se pueden permitir un descanso, no en medio de aquella jungla. Desde lo lejos llega a tus oídos el rugido de un jaguar. Apuras el paso.
El calor del medio día empieza a hacer estragos en ti y en tus soldados. No te sientes muy bien. El canto de las aves por momentos llega a ser ensordecedor. Sientes una extraña sensación en el pecho, algo parecido al peligro. Aún así, sigues caminando. La oscuridad se va apoderando de tu vista a pesar de que el sol esta brillando en el cielo y el calor ha provocado que tus ropas estén empapadas de sudor. Las hojas de de los árboles gigantes te roban el vital aire, el paso es ya casi imposible pero tu te deslizas, te agachas para continuar. A pesar de agitar tu machete en cada paso, te cuesta mucho trabajo abrirte paso entre tanto árbol, entre tanto verde, entre tanta vida.

Es entonces cuando con tus propios ojos empiezas a ver la vida de la selva. Crees que es el calor, que algo malo ha de estar pasando con tu vista. No puedes creer que a tu paso las lianas que destruyes recobren su longitud original, no entiendes como nuevas ramas aparezcan de donde tú las cortaste. Una corriente metálica recorre tu cuerpo. Te detiene un inmenso árbol en medio del camino, tratas de rodear su circunferencia pero no alcanzas a ver su fin. Sientes movimiento a tu alrededor. Asustado, tomas el fusil y pones tu dedo sobre el gatillo. Das vuelta y miras que eres el único que ha llegado hasta ahí, tus hombres han sido atrapados por la selva, eterna aliada de los indios, y ahora tú te encuentras rodeado de árboles, sin espacio para moverte y con el aire cada vez más escaso.

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La luna en su mirada

09 diciembre 2008
I

Era la época de usar guantes y tomar café caliente antes de salir hacia la escuela. A esa hora, la neblina quemaba el rostro de los obreros y oficinistas que se dirigían a sus trabajos. Los gatos aún vagaban por los techos de las casas y la silueta de la luna aún se distinguía entre la recién nacida luz del sol. Poco a poco, la gente comenzaba a llenar las calles de la ciudad, cubriéndola gradualmente de su olor y ruido característico. Yo salía de mi casa en una de las colonias céntricas de la ciudad con un morral al hombro y generalmente uno o dos libros en las manos. Casi siempre retrasado para mi primer clase, corría atravesando las dos calles que me separaban de la avenida principal. Ahí esperaba al camión que, después de media hora de viaje, me llevaría hasta la facultad, donde, nuevamente corriendo, llegaría hasta el aula ciento dos del edificio B.

El semestre acababa de comenzar. Las vacaciones habían pasado sin que las notara y nuevamente estaba atrasado en las lecturas que los profesores habían encargado para el nuevo curso. La primera ronda de exámenes ya estaba cerca y yo pronosticaba un horrible fracaso.

El día en la escuela terminaba ya entrada la noche. Salía de mi última clase a eso de las siete y todavía permanecía una o dos horas leyendo un poco en la biblioteca.
Al llegar a mi casa, mis padres ya estaban en su recámara y yo sólo encontraba un plato con comida fría en la mesa del comedor que casi nunca tocaba. Sólo pasaba a la cocina a servirme una taza del café que había sobrado en la mañana y me encerraba en mi recámara a seguir leyendo. Así habían sido mis días desde que había entrado a la universidad.
A ella, a sus terribles ojos, a sus violentos cabellos, los vi por primera vez un día después de reprobar el primer examen de ese semestre.

Aquél día regresaba particularmente cansado y un poco triste. Recuerdo que tiré mis libros al bajar de la micro. Maldije y me agaché a recogerlos. Aún más desanimado me dirigí a casa. Mi paso era lento y con la mirada espiaba el azul oscuro del cielo. Ese día había leído sobre la oceoneografía de la luna, y con mis propios ojos quería observar los ríos y las mareas de Selene. A pesar de que en el cielo no había nubes, yo no pude encontrarla. Y fui ahí cuando, buscando a la luna, me topé con sus ojos.

Mirando a través de una ventana, como suelen hacer los gatos, ella también espiaba el manto del cielo. La descubrí en un primer piso de una de las casas vecinas a la mía.
Desde la banqueta contraria, yo quedé fascinado con su belleza. Mi mirada encontró la suya. Sus ojos parecían dos lunas robadas al cielo. De un color profundísimo y un brillo mágico, aquellas lunas también parecían poseer un embrujo, un atractivo dejo de tristeza. Su cabello, increíblemente oscuro, estaba recortado a la altura de la nuca y dibujaba una línea a través de su frente. Sus labios parecían encendidos por algún fuego secreto, rojos como cerezas, y su piel tenía el color de los campos de trigo bañados por el sol. Pero toda ella era oscura. Como si un halo sombrío resplandeciera a su alrededor, cubriéndola.

No sé cuanto tiempo duró el encanto de su imagen en mi pupila. De repente, ella desapareció de la ventana, entrando en la oscuridad de las sombras de su cuarto. Aún confundido y sin saber que hacer, tomé las llaves de mi casa y entré en ella. Aquella noche no pude leer o estudiar nada. Pasé la noche como en trance, con la imagen de la luna encontrada en los ojos de aquella muchacha, pensando todo el tiempo en ella.

Hacía años que no convivía con los vecinos de mi calle. Después de que los amigos de la infancia abandonaron mi colonia, no quedó nadie en esa calle con quién yo quisiera relacionarme. A duras penas pude recordar que la casa en la que había visto a la chica de cabellos oscuros pertenecía a una anciana que vivía sola desde que su esposo había fallecido (eso paso cuando yo no tenía más de siete años). Aquella casa parecía de construcción mucho anterior a las del resto del vecindario. Sus puertas grandes y pesadas le conferían un toque de misterio y sus paredes altas y pintadas de un azul desgastado estaban fuera de tono con el resto de las construcciones. Supuse que la hermosa chica que había visto en la ventana de esa casa sería algún pariente de la anciana que la estaba visitando aquél día. Seguí intentando recordar lo poco que sabía sobre aquella casa y así quedé dormido en mi cama deseando volver a ver aquellos ojos.

A la mañana siguiente desperté tarde. Salí corriendo para la escuela y al pasar frente a la casa de fachada azul volteé hacia la ventana buscando aquellos ojos, pero ella no estaba ahí. Sólo vi a varios gatos pasearse sobre la parte alta de aquella casa. Los mismos que siempre veía al salir de casa y al regresar de la escuela. Eran un grupo variado. Tres de ellos de diferentes colores caminaban en el techo mientras un cuarto gato negro se mantenía quieto en la marquesina. Ellos se asustaron con mi mirada y saltaron perdiéndose en las azoteas de las casas. Como siempre, llegué tarde a clase.

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Peces voladores

09 noviembre 2008
Los conocí durante un paseo por el Pacífico. Llevábamos tres días sin ver algo más que el azul del cielo/mar. Dentro del barco, nada interesante pasaba. Los días se iban entre la weva y la hora de la comida. Afortunadamente había llevado varios libros.

La mayor parte del tiempo la pasaba en mi cuarto. Pero en un momento que el calor parecía derretir mis manos, salí y me acerqué a uno de los barandales de la cubierta del barco… y ahí fue cuando los vi. Inmediatamente me di cuenta de su desesperación, de su tristeza.

Diez o doce de ellos salían del agua, a grandes brincos. Al principio los confundí con peces espada o algún tipo de delfín pequeño. Pero sus piruetas no eran alegres y ellos no eran torpes. Al salir del agua agitaban sus aletas, aferrándose al cielo, agarrándose del aire. Durante medio minuto o más ellos permanecían fuera del agua. Volaban como libélulas.

Y me di cuenta de que ellos también sabían. Imaginé sus tristes vidas de peces, su absurdo nadar por el océano. Recorriendo los mismos caminos de otros anteriores peces. Sólo pare repetir el ciclo, para no romper con el orden del mundo. Por eso ellos volaban. Para salirse del mundo. Para terminar con todo. Ahogarse de aire y acabar con su nado. Pensé que algunos de ellos ya lo habrían de haber logrado, y al volver a entrar al agua, su frío cuerpo lentamente caería hasta el fondo del océano. Me sentí bien por ellos.

Varios pendejos se acercaron también a mirarlos. Una niñita gritó a su mamá que bonitos. Todos sacaron cámaras. Entonces yo dejé mi lugar en el barandal y regresé a mi cuarto a seguir leyendo.

El resto del viaje (hasta hace poco) no dejé de pensar en ellos. Cada día salía a buscarlos entre las olas del mar. Pero ya no los volví a ver (hasta hace poco). Imaginé que lo habrían logrado, que sus cuerpos en ese momento estarían por fin descansando entre algas y lodo, en el fondo del océano.

Entonces (hace poco) lo decidí. Salí a la cubierta y caminé al mismo barandal donde los había visto. No había nadie por ahí. Creo que nadie me vio cuando salté el barandal y di el último paso hacía el mar.

No duró mucho la agonía. Mientras el agua invadía mis pulmones, yo sólo pensaba en reunirme con ellos. Y así poco a poco mi cuerpo fue volviéndose frío. Y yo fui cayendo hacía la profundidad.

Ahora, descanso junto a ellos, entre cadáveres de ballenas, separados del mundo. Ellos, ya no nadan. Yo ya no respiro.

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Asesinato

01 octubre 2008
Era necesario acabar con él de una vez por todas. Buscó el revólver en el cajón y se dirigió al cuarto donde sabía que él se encontraba. La puerta no estaba cerrada. Bastó un leve empujón para abrirla por completo. En silencio él, el verdugo, entró en la habitación y vio al otro, la víctima, en uno de los rincones, al lado de la cama. Cuando él se acercó donde estaba el otro, sus miradas se encontraron. Él, el otro, parecía haberlo estado esperando. Él también tenía un revólver en la mano. Quedaron uno frente al otro. Ambos tan iguales, los dos con la misma mirada.

El movimiento fue rápido. Una sola bala. Frente al espejo manchado de sangre, sólo quedó un cadáver con un revolver tirado al lado.

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Creep

21 septiembre 2008

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Metro

16 septiembre 2008
La tarde moría; destellos naranjas empezaban a cubrir el azul del cielo. Las luces artificiales de la ciudad comenzaban puntualmente su función y las sombras poco a poco desaparecían sumergidas en el resto de la oscuridad. Poco a poco, la ciudad también moría. Las puertas de los negocios comenzaban a cerrarse mientras los bares y cantinas comenzaban la cacería de aquella noche. Por las calles, oficinistas de sacos gastados se dirigían mecánicamente a sus hogares. Mujeres de faldas grises apresuraban el paso, asustadas por la cercanía de la noche en el centro de la ciudad. Como siempre, ningún niño jugaba en las calles.

Pagué y salí del café. En mis venas, la cafeína no producía ya ningún efecto. Pensé en la posibilidad de entrar en alguno de los bares de Bolívar, pero mis bolsillos ya estaban vacíos. Sólo tenía un boleto del metro. El mismo que había estado ahí por semanas.
Seguí caminando sin rumbo fijo. En la esquina de Madero y Mesones vi a una bella mujer que usaba un largo saco negro y tacones rojos. Decidí seguirla. Caminamos juntos hasta el Zócalo. Ahí ella pareció notar mi presencia y entró rápidamente al metro. Yo quedé nuevamente solo.
Durante un rato (mi reloj marcó cerca de una hora) miré la iluminación de aquella gran plaza. Imágenes formadas por focos tricolores iluminaban las fachadas de los edificios gubernamentales y las luces de la catedral alumbraban cada una de sus campanas y torres. Aún así la oscuridad se adueñaba de algunos rincones de la plaza. Sin ninguna razón que me empujara, solamente siguiendo la idea que llevaba varias semanas en mi cabeza, busqué el boleto del metro en el bolsillo de mi pantalón y comencé a bajar las escaleras de la estación Zócalo.

Giré el torniquete de la entrada y caminé por el andén. Me dirigí al final del pasillo y ahí esperé. Hacía rato que el fluir de gente había cesado y en aquella estación, en aquél momento, se veían muy pocos pasajeros. Esperé. La tardanza del tren me dio tiempo de imaginarlo todo. Me vi en el momento de dar el último paso, atraído por la luz del primer vagón como una palomilla atraída por una luz en la noche. Imagine la cara de terror del conductor, vi su mano intentado frenar inútilmente la marcha del tren. Pensé en el dolor que el golpe provocaría a mi cuerpo, pensé en la carne destrozada, en mi cara deshecha. Tuve la más terrible visión de mi próxima muerte.

Esperé. En los altavoces de la estación se anunciaba el retraso del tren. Pensé en lo ridículo del tiempo y de mi espera. Lo poco humano que quedaba dentro de mi creyó ver en aquél retraso un signo, una esperanza. Y entonces busqué una señal. Dirigí mi mirada hacia cada uno de los pasajeros de aquella noche. Frente a mí, del lado opuesto del andén, ajena a la lujuriosa mirada del gordo señor a su derecha, vi a una pareja besándose. No había nada especial en ellos, el poco amor que uno pudiera sentir por el otro no era consuelo para mí. Nunca encontré en aquella droga razón alguna. Y nunca la encontraría. Seguí buscando. Mi mirada repasó a cada uno de los habitantes de aquella estación del metro. Nada sorprendente, nada que me quitara el aliento. Los mismos humanos absorbidos en sus mundos personales, ajenos a la realidad, encerrados en sus sentidos. No había ninguna señal, nada me impedía saltar frente al tren.

Esperé. No sé cuanto tiempo esperé. De repente, oí risas a mi derecha. Volteé. En la entrada del andén, dos niños pateaban una lata, jugaban fútbol con ella. En sus manos cargaban una caja de chicles que seguramente vendían en los vagones del metro. Sus ropas sucias y sus pies descalzos combinaban con sus caras llenas de mugre. Aún así, ajenos a su propia vida, a su propio destino; ellos pateaban aquella lata como un balón.

Oí el tren acercarse. Vi el tren pasar frente a mí. Miré al tren detenerse. Las puertas del vagón se abrieron y yo tomé asiento en el primer lugar que vi desocupado. Bajé en la siguiente estación esperando que el próximo tren no tardara mucho.

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Manzana II

07 septiembre 2008
Regresé del mercado cargando tres bolsas. Esa semana a mi me tocaba hacer las compras y lavar los trastes; un nuevo acuerdo entre Susana y yo para intentar poner un poco de orden en la casa. Desde que decidimos vivir juntos, el desorden en el departamento se había duplicado. Entre mi falta del sentido del orden, la poca necesidad que tenía de él y el stress académico que solía poseer a Susana, nadie se preocupaba por barrer el piso o limpiar las ventanas. Así pues, habíamos decidido turnarnos las tareas domésticas cada siete días. Ella limpiaría la sala y la recámara y yo me encargaría de la cocina.

En el mercado, compré carne y pescado. Busqué el queso preferido de Susana y compré varias latas de té verde. En el pasillo de las frutas, en el puesto de la señora de siempre, compré dos plátanos, dos toronjas, dos mangos, dos duraznos y una manzana. A mí nunca me han gustado las manzanas, pero estas eran la fruta favorita de Susana y siempre que olvidaba comprarle una, recibía un reclamo de su parte. Así que esa vez no lo olvidé. Por último llevé tomates, brócoli, espinacas y zanahorias. Era suficiente comida para los dos.
Al llegar al departamento, encontré el mismo desorden de siempre. Libros amontonados en la mesa y en las sillas. Hojas sueltas regadas en todo el espacio. Sobre lo sillones ropa sucia y cajas de discos. Todas, cosas mías. Intenté poner un poco de orden y acomodé los víveres en su lugar. El refrigerador estaba vació y tuve que tirar una lata de atún que llevaba ya varías semanas ahí. Acomodé los plátanos, los mangos, los duraznos y la manzana en el frutero y barrí un poco el comedor y la cocina.

Era sábado y Susana solía visitar a sus padres ese día en la mañana. Supuse que todavía tardaría unas horas en regresar y decidí sorprenderla preparando la comida. Limpié el pescado y las verduras. Piqué las zanahorias y el jitomate. Freí un poco de cebolla y guisé una salsa que mi madre me había enseñado. Nunca he sido un buen cocinero. Pero esa vez el sazón estaba en mis manos.

Esperé. Ya pasaban de las cuatro de la tarde y Susana no regresaba. La comida, ya fría, se encontraba servida en los platos que ella había comprado la primera semana que llegó conmigo. Supuse que sus padres la habían entretenido con alguna historia u otro de sus discursos moralistas sobre la importancia del matrimonio. De entre el montón de libros de la sala, tomé el que estaba encima de todos y comencé a leer mientras seguía esperando. Eran los Veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda. Inevitablemente mis manos guiaron las páginas hasta el poema número quince, mi favorito. Seguí leyendo sin respetar el orden numérico de los poemas. Terminé el libro y regresé al poema número quince. “Distante y dolorosa como si hubieras muerto” decía Neruda. Miré el reloj y este marcaba ya las seis y cuarto. Tomé el teléfono e intenté llamar al celular de Susana. Sólo pude escuchar el repetitivo mensaje indicando su indisponibilidad.

Decidí comer solo y guardar el plato de Susana en el refrigerador. Estaba molesto y quería castigarla con una cena fría cuando llegara. Pero, para mi preocupación, ella no llegó esa noche. Llamé a casa de sus padres y me dijeron que ella no había ido aquél sábado a su casa. También llamé a Ana, la mejor amiga de Susana, pero su celular también emitía el mismo mensaje de grabadora. No era la primera vez que ella no llegaba a casa, pero si la primera en que ni siquiera me avisaba con un mensaje. Estaba preocupado, pero supuse que nada malo podía haber pasado y decidí espera a que Susana apareciera o se comunicara.

Al día siguiente recibí una llamada suya. Con voz entrecortada y un tanto triste, me comunicó su decisión de terminar conmigo. No tuve tiempo de dirigir alguna queja o pregunta. Ella simplemente me comunicó su decisión sin dar explicaciones y terminó su llamada avisándome que en la semana pasaría a recoger sus cosas.
En el transcurso de la semana yo envejecí varios años, hasta parecer un moribundo. Nunca esperé que algo así pudiera pasar. Nuestra relación parecía encontrarse en el mejor momento; disfrutábamos cada uno de la compañía del otro, parecíamos complementarnos y ayudarnos a avanzar en nuestro camino, sin estorbarnos o dificultar la vida del otro con molestas quejas o reproches absurdos. Pero parece que nada era así.

Ayer Susana vino por sus cosas. Al momento de verla entrar en la casa, intenté acercarme a ella y encontrar las respuestas a las preguntas que me habían torturado toda la semana, pero ella simplemente me alejó con un “Por favor, no, no”. Terminé saliendo del departamento y caminé por horas y horas. Cuando regresé, ya no quedaba rastro de Susana. Ella había tomado las fotografías colgadas en la recámara y el tulipán que crecía en una maceta en la sala. Quería llorar, quería maldecir a Susana por hacerme sentir esto, por traicionarme, por haberme abandonado. Como un muerto viviente, caminé hacía la recámara, dispuesto a dormir el resto del día, el resto de la semana. En el camino, vi una nube de mosquitos flotando sobre el frutero en la cocina. Ahí, quedaba la manzana que había comprado para Susana. Seguí caminando y me encerré a llorar en la recámara.

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Manzana

31 agosto 2008
En el momento que mordió el fruto prohibido, no alcanzó a comprender la terrible maldición que caería sobre sus hijos. No pudo ver el terrible dolor que provocaría el primer paso fuera del paraíso, la primera soledad del universo. Para nada imaginó los miles de años en los que su estirpe quedaría condenada a vagar por el mundo, intentado encontrar una sola respuesta.

El sabor de aquel pedazo de fruta, con el que la especie humana se envenenó, recorrería para siempre su sangre. Es ese el sabor del miedo. Los hombres reconocerían su olor en cada duda. Porque fue aquel bocado el origen de toda pregunta, de todo sufrimiento. Es desde ese día que los hombres y mujeres se dieron cuenta que estaban desnudos, qué no conocían nada.

Y fue precisamente aquella misma fruta, la musa del primer hombre que pudo ver las entrañas del universo. De la misma fuente del veneno se destiló el antídoto. Así Él encontró en el conocimiento el sortilegio que rompería el hechizo. Porque él empezó a descifrar el código secreto de la naturaleza en el momento en que vio caer del árbol aquel mismo fruto, aquella manzana.